09 julio 2015

JULIO, ABIERTA LA ESCUELA DE LA VIDA




Como cada mes de julio, los estudiantes abandonan las aulas y las obligaciones del aprendizaje de aquello que el sistema educativo del momento les impone y pasan de forma repentina a otro modo de vida totalmente diferente. De la noche a la mañana se encuentran con todo el tiempo libre sobre el que bien sus familias o bien ellos mismos pueden decidir.

Es el momento de vivir otras experiencias, quizá en lugares no habituales, en relación con otras personas, es momento de conocer más allá de las aulas. Un periodo para mirar atrás y observar el curso pasado como un obstáculo superado, disfrutando de lo alcanzado. Pero sobre todo, es un periodo para aprender de otra manera, para vivir de otra manera.

Quizá los entrados en años recordaremos que en este periodo precisamente era cuando las labores del campo apremiaban y todas las manos eran necesarias para realizar las innumerables tareas que la agricultura y ganadería del momento requería.  La necesidad en casi todas las familias obligaba a que los niños y niñas se emplearan a fondo y aprendieran rápidamente las destrezas requeridas para las labores con el ganado o en el campo. Para algunos de nosotros, que íbamos de veraneo, podía suponer cierto divertimento, pero para la mayoría era un sacrificio diario.

Personalmente, gracias a un  familiar muy querido, al entrar en la adolescencia, pude ver y vivir esa situación desde ambos lados, el de veraneante y el de ayudante en las tareas agrícolas y ganaderas. Pues bien, gracias a aquellas enseñanzas, viví experiencias relativamente duras pero inolvidables y de gran aprendizaje, incluso en el ámbito social y emotivo.

Como agradecimiento a aquella generación de hombres y mujeres sacrificados por la vida y siempre mantuvieron la esperanza de un futuro mejor para sus hijos e hijas, quiero dejar un testimonio con la imagen (junio de 1936) de un grupo de niños del pueblo con su maestro, al cual asesinaron injustamente un mes después.

Hemos de recordar siempre que el presente lo construimos sobre la base de lo que hirieron aquellos que quienes nos precedieron, sin los cuales no hubiéramos podido llegar hasta aquí. El reconocimiento y la consideración de sus esfuerzos, deseos e ilusiones debe estar siempre presente y los errores cometidos, al igual que la historia han de servir al ser humano para no volver a caer nuevamente.

La imagen de la nueva escuela, rehabilitada y reconvertida para otros usos, bien puede ser el símbolo de la escuela del siglo XXI, donde el aprendizaje más que nunca no se circunscribe a las cuatro paredes, sino que más bien es todo lo que hay fuera de ella lo que supone fuente para el aprendizaje de las generaciones futuras. Aprovechemos a infundir en los jóvenes esos valores de esfuerzo, sin miedo, sin superprotección  y ayudémosles a experimentar y a enfrentarse a nuevas vivencias y decisiones en la vida pero disfrutando.
Si no les situamos ante la necesidad de elegir y tomar decisiones con criterio, no les ayudamos a ser más libres y conscientes cada día.